sábado, 10 de noviembre de 2012

Ese minuto sobrecogedor

Acudir al fútbol supone una actividad tremenda. He conocido a gente nerviosa y emocionada cuando entraba al Bernabéu. Incluso para partidos amistosos. La simple presencia de acudir al Mausoleo blanco. Son las catedrales del siglo XX y XXI. Es difícil imaginar algo que concentre a tanta gente, que provoque tanta movilización, que haga desembolsar dinerales por las entradas, que genere tanta atención, que despierte tantas pasiones, que provoque deseos de gritar, animar, insultar al rival...

Pero, por eso, experimentar esa vivencia de entrar a un estadio de fútbol, reunir a 15.000 personas en Mallorca, a 85.000 en el Bernabéu o a 60.000 en el Calderón, supone quedarse impresionado, cuando todo el ruido, gritos, cánticos, jaleo se convierte en silencio absoluto. Tristemente, eso siempre viene precedido de una desgracia. En algunos casos, lejana, no sentida y con poca influencia. Alguna persona cercana al club, un familiar de un jugador, un socio antiguo o algún trabajador. Algunas ocasiones, incluso el  fallecido genera polémica y no es aceptado, gente que no se pone de pie, cuchicheos, refunfuños... También, no es muy lejano, sobretodo en asesinatos de ETA, que el silencio se vea adornado con insultos o peticiones de pena de muerte sin ir más lejos (Sigue siendo impresionante que en pleno Bernabeu, un grito de una simple persona se escuche con tanta claridad en ese estadio monumental).

Aunque, lo ciertamente increíble y merece ser vivido es esos minutos de silencio que suceden motivados por un hecho que conmociona a la sociedad. Ese grito, pitos, animación, música que pasan a un silencio sepulcral. Para ello, ha de venir precedido por un acto repulsivo que genere consenso y que la gente lo respete y sienta como suyo propio. En España me vienen a la cabeza, los casos de Anabel Segura, Rocio Wanninkhoff y Sonia Carabantes, la niña MariLuz, Marta del Castillo, Sandra Palo o el más reciente de José Bretón. Una larga ristra de nombres, y seguro que me dejó muchos, son los que, de carrerilla me han surgido ... y eso sin entrar en las menciones a la violencia de genero, al terrorismo o directamente al 11-M. En esas situaciones, que han provocado una tensión y preocupación social, los estadios de fútbol, pasan de un elevado número de decibelios, a un silencio reverencial que nadie osa interrumpir. Ni los comentaristas de los medios.
Este fenómeno, evidentemente no es exclusivo español. Curiosamente, mi mayor experiencia similar, me ocurrió lejos. En el año que acudí a varios partidos del Catania en Serie B, viví un caso de este tipo. Italia padecía uno de esos sucesos que compungen. Un bebe de año y medio, Tommaso Onofri, había sido secuestrado en Parma, con la intención de solicitar un rescate a sus padres. Ni siquiera eran gente adinerada, pero el padre trabajaba de director en una caja de ahorros y esperaban que metiera mano a la caja y entregara un millón de euros por recuperar a su hijo. Tras un mes de cautiverio y de conmoción social, de búsqueda, con todo el país volcado en las noticias,  la policía logró dar con las pistas adecuadas. Pero, resultó tarde. El niño estaba muerto. Y encima, con la crueldad de que los captores habían decidido ejecutarlo "por que no paraba de llorar". Cuatro días más tarde de conocerse esos datos era el partido. Para más inri, el cabecilla del secuestro era siciliano, y aunque, las sociedades no tienen la culpa de sus descarriados, siempre se produce esa asociación y esa carga que acaba suponiendo un peso mayor. El minuto de silencio del Angelo Massimino, fue impoluto. Yo, cuando fui al estadio, desconocía todo el suceso. Solo iba de fin de semana a Sicilia, a visitar a la novia de erasmus, y a animar al Catania en su lucha por el ascenso... pero cuando escuchas el respeto y el silencio de esos 60 segundos... Puffff. Son otro tipo de cosas que te permite vivir el fútbol. Y que hoy, seis años después, se sigue recordando. Y el que vaya al fútbol y lo haya experimentado, comprenderá de lo que hablo.

Este post, viene a cuento, porque, el lunes 13 de noviembre se cumplirán 20 años del secuestro y asesinato de las niñas de Alcasser. Dos niñas de 14 años y una de 15 que vivían en la localidad valenciana y que fueron secuestradas, violadas y asesinadas, y se tardó un par de meses en hallar sus cuerpos. El principal sospechoso, Antonio Anglés, durante mucho tiempo, el número 1 de los delincuentes más buscados de la policía nacional y de la interpol, sigue sin aparecer y sin tener un conocimiento cierto de que sucedió con él... Se dice que murió cerca de Irlanda al saltar de un barco, se dice que era un monigote en una teoría conspirativa para ocultar a jerifaltes más poderosos... Mañana se cumplirán 20 años. La cifra en la que, en España, prescriben los delitos de homicidio.